“Quiero salir a vacaciones y no volver a saber nada de la empresa”.
“Voy a desconectarme completamente”.
“Por fin terminó este año de estrés, trabajo y angustias”.
“Si no salgo a vacaciones me enloquezco”.
Estas
son algunas de las más comunes expresiones que se escuchan de todo tipo de personas por estos tiempos
de descanso, de borrón y cuenta nueva.
Es una lástima, pero es una cruda realidad. Estos tiempos difíciles de crisis están haciendo que la gente
sufra su trabajo no que lo disfruten. La presión se ha vuelto una reina que se pasea campante por todos los
puestos de trabajo. Pero lo más triste es que nos parezca normal trabajar bajo presión. Qué equivocación
tan lamentable. Un ejecutivo me dijo en una conferencia esta semana que la presión es una cultura en las
empresas.
Casi me voy de espaldas como los personajes de Condorito cuando escuché ese comentario. La presión es
una cultura empresarial y a nadie le importa. Es más, creo que hasta muchos ejecutivos se sienten
orgullosos de trabajar bajo presión y de imponerla a su gente con maestría. Inclusive, es una pregunta
frecuente que se le hace a los candidatos en las entrevistas “¿Qué tal usted para trabajar bajo presión?.
Parece que las empresas contrataran gente para sufrir no para trabajar.
La presión como cultura empresarial es una vergüenza porque es un atropello a la dignidad de la vida, es un
signo de incompetencia porque los empleados presionados sólo pueden producir desastres y trabajos
mediocres. No sé como puede expresar abiertamente nuestra clase directiva que el talento humano es la
clave competitiva de las organizaciones, cuando la incoherencia de la presión diaria muestra todo lo
contrario, porque presionar a la gente es una de las mejores formas de abusar de su necesidad de trabajar.
Sí, es cierto, la presión produce resultados, pero su precio siempre será el más alto.
La presión en las empresas es otra forma de violencia, de irrespeto por el ser humano, es una cruel
enfermedad que lejos de producir resultados asertivos, produce empleados inconformes que cuando salen a
vacaciones con toda razón desean olvidarse totalmente de su compañía. Uno no se olvida de lo que ama, de
aquello de lo que uno se siente orgulloso, de aquello que engrandece. Como dice William Pollard, “una gran
mayoría de empresas se han convertido en cárceles para el alma”.
Los escritorios de los empleados están llenos de Milanta para la gastritis, de Postan para los dolores de
cabeza y de Cuaidé para el logro de una falsa tranquilidad. Ese es apenas el comienzo, porque las
consecuencias peores están en las consultas médicas o en los infartos provocados por la presión del
cumplimiento de los presupuestos o de las juntas directivas desalmadas. Qué importa acabar con la gente
con tal de dar resultados.
La presión es uno de los peores atentados contra la competitividad futura de nuestras empresas por varias
razones:
1. La presión crea resentimiento y el resentimiento incompetencia. La gente le pierde el gusto a lo que
hace por lo tanto las ganas de dar más se van diluyendo, la gente se vuelve insensible y déspota
con su cargo, sus compañeros y los clientes, es decir, asume la misma actitud que recibe de quien
le está presionando.
2. La presión es el peor atentado al sentido de pertenencia. Los directivos deben saber que la
pertenencia de los empleados no se exige sino que se merece. Por lo tanto creo que muchas de las
malas actitudes de los empleados son una cosecha del mal trato y del despotismo que se desprende
de la presión.
3. La presión obnubila la creatividad y opaca la iniciativa ya que vuelve a la gente insegura e
impotente. Es imposible que la gente proceda con claridad pues la claridad es propia de las mentes
serenas.
4. La presión genera confusión en la calidad de la comunicación. Los que exigen pierden el propósito
de lo que desean y al imponerlo pierden la credibilidad de sus seguidores.
5. La presión es un atentado al liderazgo directivo. Es imposible liderar gente presionándola ya que
aunque la gente marche así, lo hará por cuidar el puesto pero no porque le crea al directivo.
6. La presión acaba con los buenos ambientes de trabajo. La gente se vuelve huraña, agresiva, apática
y el entusiasmo sufre en lo más profundo.
7. Con presión no puede haber confianza. Es lógico nadie puede confiar en quien impone lo que no es
capaz de lograr por convicción.
La presión desdice del verdadero significado de la función gerencial. Si usted consulta en un diccionario de
raíces encontrará que gerenciar viene del griego y significa servidor y la misión de un buen servidor es
inspirar no imponer por la autoridad que le confiere un cargo. La función del directivo moderno es
comprometerse con el desarrollo de la vida de las personas, porque ya administramos fuerzas de trabajo
sino vidas.
Señores empresarios, jefes y directivos, no permitan que la presión opaque la belleza del trabajo. No
confundamos exigir con presionar; a la diferencia está en que quien exige parte de un diálogo abierto con
los demás y aprovecha sus inteligencias poniéndolas al servicio de la toma de decisiones, pero quien
presiona somete las voluntades abusando del poder que le confiere el organigrama.
Cómo dice Peter Senge “la empresa no debe limitarse a un lugar al que uno va a ganar dinero para
mantener a su familia. Debe ser un lugar en el que la gente enriquezca su espíritu y su pensamiento
mientras contribuye con una tarea”.
Iván Mazo Mejía
Especialista en Mercadeo y Desarrollo Gerencial
Consultor y Asesor Empresarial
www.ivanmazo.com
ivanmazo@une.net.co
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